2. Un río de civilizaciones
El Almanzora ha sido a lo largo de la prehistoria y de la historia un factor favorable para el surgimiento y desarrollo de las diferentes civilizaciones que se asentaron en este territorio: desde la Edad del Cobre, cuando los habitantes del poblado de Almizaraque (2600-1900 a. C.), en las inmediaciones de la actual Herrerías, eligieron su ribera como enclave más propicio, hasta los asentamientos argáricos de la Edad del Bronce, como Fuente Álamo o El Oficio (2200-1500 a. C.), que tuvieron como principal sustento los cultivos que se extendían por sus fértiles riberas.
La decisión de los fenicios de fundar Baria en el siglo VII a. C. en este enclave costero influyó sin duda la cercanía de este río que por entonces presentaba una mayor regularidad, manteniendo probablemente caudales permanentes durante todo el año. La ciudad fue situada en un lugar estratégico, sobre una península elevada entre el estuario que en aquella época formaba el Almanzora en su desembocadura y el Mediterráneo. La línea de costa no era la que hoy podemos observar: el mar, a través del mencionado estuario, penetraba hacia el interior, hasta Las Rozas y la confluencia de la rambla de Muleria con el río Almanzora. De este modo, los fenicios, y después púnicos y romanos, podían acercarse por esta lengua de mar navegable hasta las tierras de cultivo del interior y hasta los próximos yacimientos mineros de Almagrera y Herrerías, de donde extraían plata, hierro y cobre, una explotación que puede ser considerada la causa primera de la colonización de estas tierras. Por otro lado, el propio curso del río suponía una directa vía de comunicación con otras zonas levantinas almerienses y las altiplanicies granadinas, pródigas en cereales y ganados.
En época romana el Surbo, como lo llamaban entonces, término derivado de flumen superbum o río soberbio por la frecuencia de sus devastadoras riadas, se constituyó en un eje muy importante de comunicación entre el Mediterráneo y el sureste peninsular. De hecho, el hallazgo de una lápida de mármol encontrada en las proximidades de la desembocadura atestigua la trascendencia que los de Roma otorgaron a este accidente geográfico: en ella podía leerse, escrita en caracteres latinos, “Baeticae finis”, es decir, “Hasta aquí la Bética”, señalando que Baria, la actual Villaricos y su río separaba el límite de las provincias romanas de la Bética y la Tarraconense.
El Guadalmanzora, como lo llamaron los árabes, siguió cumpliendo su función de pasillo de comunicación entre la costa y las fértiles tierras ribereñas en los siglos de dominación musulmana. En este tiempo la costa, más expuesta a los riesgos provenientes del mar se despuebla en beneficio de otros asentamientos del valle bajo, cuya orografía y distancia de la costa le garantizaban una mayor protección. El avance de la frontera cristiana hasta Lorca en el siglo XII convertirá todo el norte del curso bajo del Almanzora en tierra de frontera, con lo que ello suponía de constantes incursiones, cabalgadas y enfrentamientos a un lado y a otro del mojón Mahoma-Santiago. Fue en la segunda mitad de aquella centuria cuando se levante sobre un prominente altozano una torre de alquería que ejercía vigilancia y protección frente a las amenazas que provenían del otro lado de la frontera y desde el mar, porque desde allí podían captarse sin obstáculo las señales de alarma procedentes de otras atalayas como la de las Mateas. Este torreón ataluzado, actual torre del homenaje del castillo del Marqués de los Vélez, aseguró una primitiva e incipiente expansión urbana por su ladera de levante, así como el poblamiento cavernícola de las terreras arcillosas cercanas, una comunidad humana que supo aprovechar la fertilidad de las tierras regadas y entarquinadas por las cenagosas avenidas de este río de vida. Fue este origen del emplazamiento de la antigua villa de Las Cuevas y actual ciudad de Cuevas del Almanzora.